Mi amigo me dió lo que necesitaba
Posted by escortsmallorca on May 22, 2008
Hacía menos de tres meses que me había casado con Luis, luego de un noviazgo de casi dos años. Él era un muchacho de 25 años, ingeniero recientemente recibido y trabajaba muy bien en una planta automotriz, no muy próxima a nuestro departamento. Era un chico maduro, inteligente, trabajador y casi brillante en lo suyo. Nuestro noviazgo había sido largo y muy particular, en nuestro trato, en todo. Yo no había permitido nunca que tuviéramos sexo en esa etapa, y eso le había dado ese carácter diferente a nuestra relación. Una educación muy rígida me había llevado a esa actitud, que parecía no bien aceptada por él, pero acatada.
Yo acababa de recibirme a los 21, de licenciada en seguros carrera que había hecho en cuatro años y durante los tres últimos había conocido a un muchacho con quien nos habíamos hecho muy amigos y estudiamos todo el resto de la carrera juntos. Él estaba casado hacía unos tres años o más, tenía 31 años y aún no tenía hijos. Hernán trabajaba en una compañía de seguros en una posición de ejecutivo, bastante exitoso.
Yo, trabajaba con mis tíos en una productora de seguros, familiar, pero que me daba lugar a un buen ingreso y mucha comodidad en el horario.
Ciertamente, Hernán tenía una actitud muy arrolladora, era un tipo interesante, con un pasado de militancia política bastante duro y difícil, que lo había hecho jugarse bastante en ello. Me fascinaba un poco esa parte de su vida y él solía contarme anécdotas o historias de su militancia desde muy chico, que me dejaban asombrada y hacían que yo admirara mucho a ese joven que pasó a ser un amigo entrañable.
Eso hacía que me atrajera más de lo normal, aunque jamás pasó de una relación intensa, pero respetuosa, de amistad, afecto y admiración. Pasamos mucho tiempo juntos estudiando, yo solía ir a su casa y él venía a la mía. Cuando era él quien venía – durante días de semana – podíamos quedarnos a estudiar toda la noche en mi habitación-estudio del fondo de la casa de mis padres. Algunas bromas hemos “soportado” de parte de compañeros que conocían eso. Cuando yo iba a su casa – en fines de semana o feriados – iba durante el día y Noel, la esposa de Hernán, nos preparaba de comer y beber y el té y nos atendía bárbaro. La relación entre los cuatro era muy buena y salíamos a cenar y al teatro o al cine juntos con mucha frecuencia.
Luis había viajado al interior – cosa que haría con frecuencia – donde estaba otra planta de su fábrica, porque él tenía que ver con un proyecto que involucraba a ambas plantas. Era bueno para él en lo profesional, pero lo obligaba a permanecer viarios días lejos de casa, varias veces al mes. Cuando regresé al anochecer de mi trabajo, veo con horror que habían violentado la puerta del lavadero y me habían robado algunos elementos de la cocina – muy bien equipada hasta ese momento – y varios electrodomésticos. Habían trepado del piso de abajo, posiblemente. Llamé al encargado del edificio y me tranquilizó diciéndome que reforzaría esa misma noche la puerta y me aconsejó que colocara una reja externa, de modo que él mismo se ocuparía de hacerlo. El departamento tenía alarma, pero había quedado desactivada por error mío.
Llamé a Luis para contarle y me reprochó muy mal mi olvido. No entendió que yo necesitaba más contención y comprensión porque estaba asustada y muy amargada por lo ocurrido. Tuve mucha más comprensión y apoyo del encargado que de mi marido. Pero no se olvidó de decirme: — Llamá a Hernán (que tenía el seguro) y comentale lo que pasó. Lo hice casi a la medianoche, el pobre estaba acostado y tuvo que atenderme. Me tranquilizó por lo de la alarma, diciéndome que la misma no era requisito para que operara la póliza de seguro y que por lo demás, estaba todo cubierto y bien. – Calmate Jime – me dijo comprensivo y afectuoso. Mañana a primera hora paso por ahí y lo vemos bien. Dormite tranquila que está todo bien, pero asegurate de activarla ahora.
Me costó dormir esa noche, aunque el encargado me había dado garantías de que la puerta estaba más segura que antes. Además, había activado la alarma, siguiendo la recomendación de Hernán y su sonido era tremendo. Pero igual me costó conciliar el sueño. Estaba asustada, estaba indignada, pero sobretodo estaba malhumorada por la horrible actitud de Luis. Sólo la voz calma y segura de Hernán me había traído algo de paz. Muchas cosas pasaron por mi cabeza mientras intentaba conciliar el sueño, lloré porque me estaba dando cuenta, cada vez más nítidamente, que Luis no era la persona que yo había creído que era, o que yo había soñado. Duro, frío, poco comunicativo y para nada pasional, así era él, aunque me pesara. Me dormí finalmente más confortada por la certeza de que Hernán vendría a casa a solucionar todo, pero también porque sabía que yo necesitaba una palabra, una actitud cálida y afectuosa y él iba a brindármela. Vaya si así fué.
Quizá por ese largo insomnio, por la mañana me quedé dormida y me despertó el timbre cuando llegó Hernán. Me levanté muy sobresaltada, aturdida y confundida, como siempre que me despertaba repentinemente. Cuando reaccioné ya había apretado el botón para franquear la entrada a Hernán que a los segundos tocaba a la puerta. Así como estaba le abrí la puerta y noté su sorpresa al verme.. Por supuesto, él esperaba verme vestida para salir, maquillada y lista como siempre me había visto. Pero esta vez, semidormida, me veía con apenas un camisoncito celeste de satén de finísimos breteles que llegaba a la mitad del muslo. Debajo tenía una bombacha y nada más y estaba descalza.
Luego de la sorpresa se aflojó: - ¡Hola Jime! Me dijo alegre y afectuoso, dándome un beso en la mejilla, pero tomándome con sus dos manos de mis brazos caídos al costado de mi cuerpo ligero de ropas. Le respondí mientras iba recobrando la lucidez –Viste lo que me pasó? con un intento de lloriqueo infantil que siempre me daba excelentes resultados, le expliqué ligeramente lo ocurrido. Él pasó, y fue directamente al sitio donde se había producido la violencia y observó los espacios vacíos en el mueble que él conocía repleto de electrodomésticos. Observó con detenimiento, abrió la puerta y miró el sitio por donde entrarían los ladrones, me recomendó una reja como lo había hecho el encargado. Le dije que ya estaban en eso. Me preguntó qué había pasado con la alarma que no sonó y le dije que me había olvidado de activarla, una rara casualidad. – ¡Ay Jime, esa cabecita en qué estaría pensando…! dijo con afectuoso tono paternal. Y agregó – vas a tener que hacer la denuncia policial y preparate un detalle completo de todo lo que te robaron. Trataré de liquidarlo ultra-rápido. Hablaba del siniestro que afectaba una Póliza que yo había colocado en su compañía y amparaba todo lo que me habían robado.
Hernán llevaba un atuendo informal, porque en su compañía permitían la vestimenta casual. Una camisa de algodón de mangas cortas con cuadros pequeños en celestes, blanco, con finísimas rayas rosadas y amarillas, muy fina y elegante; un pantalón de algodón color gris clarito, medias al tono de hilo y mocasines marrones. Un fino reloj de oro con malla de cuero marrón y una alianza de oro, sus únicos adornos. Elegantísimo sobretodo con su piel bronceada. Es un hombre guapo, grandote, mide cerca de 2 m y pesa unos 90 kg o más, cabello casi lacio castaño claro, ojos color miel, piel casi siempre bronceada y aspecto deportivo. Tiene una voz grave, firme y suave a la vez, muy agradable al oido de una mujer. Siempre huele a su perfume lavanda, exquicito, muy varonil y atractivo.
Mientras él verificaba y observaba estas cuestiones, yo me había apoyado sobre el lavarropas que estaba ubicado ahí, en una cocina-lavadero no demasiado amplia, aunque muy funcional.
Cuando volvió del lavadero y entró en la cocina, me encontró ahí apoyada descuidadamente, algo somnolienta aún, con mi pelo un poco revuelto y mi poca ropa. Jamás Hernán me había visto así, yo no coordiné bien y me expuse a él con esa vestimenta que no era provocativa, pero sin ninguna duda era sensual y daba espacio para provocar reacciones inesperadas en un hombre. Fue una irresponsabilidad de mi parte, absolutamente inocente, pero que tendría dramáticas derivaciones inesperadas.
Él me vió ahí, interrumpiendo el paso para ingresar al interior del departamento y se quedó parado en un rinconcito, un poco sorprendido, perplejo diría y un poco inquieto. Era un hombre decidido, pero algo tímido y muy respetuoso, y posiblemente estaba midiendo qué podía ocurrir allí entre ambos.
Si soy sincera, Hernán siempre me resultó un tipo atractivo, muy interesante y cariñoso conmigo. Un tipo realmente querible que por momentos se hacía deseable. Yo presentía entonces y lo confirmé luego, que él se sentía atraído por mí y que de algún modo me deseaba también. Era algo secreto entre ambos que nos acompañaba desde tiempo atrás, pero los dos éramos muy cuidadosos y respetuosos de nuestras respectivas parejas. Quizá diría que sólo por eso nunca había pasado nada entre nosotros, aunque el deseo hubiera presidido muchas jornadas en las que estábamos juntos y casi siempre a solas, estudiando primero, trabajando después.
Rompió el silencio sepulcral que por un instante se produjo y me preguntó justamente lo que iría a provocar un desenlace impensado. – Lo llamaste a Luis, qué dijo? Él sabía que estaba de viaje hasta fin de semana. Yo respondí con lo que me vino del alma a la boca, directo sin pasar por mi cerebro – ¿Luis? me reprochó del peor modo que me olvidara de activar la alarma. Ni se preocupó por mí, por cómo me sentía yo, estando sola. Ni siquiera cuando me sintó llorar cambió el tono y me sentenció que te llamara para ver cómo se arreglaba lo del seguro. Ni un mínimo gesto de comprensión, ni la más mínima contención, que era lo que yo necesitaba. ¡Mirá el marido fantástico que tengo!!! Agregué con una mezcla de fastidio y dolor que podría enternecer a un poste.
Creo que Hernán tragó saliva y comprendió que la situación no sería cómoda – Bueno Jimena, comprendé que él también está allá sólo y recibe semejante noticia, debe haber quedado perturbado. No seas exagerada. El intento valía, pero ni él creía lo que me decía.
Yo me sentí peor, cuando él me dijo con una calma y una seguridad que me hizo vibrar de emoción – Bueno Jime, no te preocupes por nada, todo lo que te robaron lo vas a poder recuperar pronto, yo me ocuparé de eso. Y por la actitud de Luis tenés que entenderlo, no pensarás que a él no le importás vos, seguramente va a llamarte y se disculpará.
Como yo no podía calmarme y estaba casi llorando o cerca de eso, él se acercó y me quiso hacer un mimo acariciándome la cara, pero tanto se acercó sin que yo cambiara de posición que nuestras caras quedaron muy cerca, enfrentadas y con nuestras bocas a centímetros, como nunca habían estado. Él pasó sus manos por detrás mío y me tomó acariciándome la nuca, acercó más mi cara a la suya y me besó tímidamente los labios.
– ¡No, no! No hagamos pavadas que no tengan retorno. Dijo apartándose o, mejor dicho, tratando de apartarse pero el espacio era pequeño y los cuerpos quedaron más cerca aún de lo que estaban. Yo no intenté nada. Estaba dispuesta a dejarlo hacer, estaba entregada como una adolescente seducida por su ídolo musical. Un gesto suyo queriendo desprenderse de esa posición se superpuso con un suspiro mío que no busqué y eso lo trastornó. Volvió a tomarme de la nuca y me besó, ahora con más intensidad, doblegó mis labios e introdujo su lengua que se encontró con la mía y comenzaron un juego de erotismo inimaginado.
Hernán me empezó a acariciar y metió su mano por debajo del camisón, sin dejar de besarme. Yo vibré por completo, empecé a agitarme mientras él seguía acariciándome suavemente, delicadamente pero con una sensualidad fantástica. Yo iba excitándome cada vez más y algunos gemidos se escaparon de mi boca entre los besos y el juego apasionado de las lenguas en esa lucha vital. Observé la agitación de él, en un momento en que yo ya empezaba a perder el control. Así de entregada me sentía. Un temblor en todo el cuerpo me invadió.
Cuando sus manos se apoderaron de mis pechos y comenzó a acariciarme los pezones, mi excitación fue en aumento y mi control disminuyó más. Mi cuerpo palpitaba y mi corazón quería saltar de su cavidad. Yo le daba señales de que estaba al borde del descontrol, yo le daba señales, sin quererlo, de que estaba tremendamente excitada, yo le dejaba presumir que él podría hacerme suya en instantes y que yo lo recibiría plena de gozo. Eso aceleró su excitación que ya me dejaba notar que su bulto había crecido por demás.
A decir verdad, siempre me había llamado la atención el bulto de él. Un hombre jóven, atlético y grandote, dejaba apreciar, a veces, que en ese sitio tenía un “elemento” de singular tamaño. Y también debo confesar que alguna vez, cuando estábamos sólos estudiando de noche en mi cuarto, y la confianza mútua y el cansancio y el astío de esas materias arduas e interminables daban lugar a algún rato de esparcimiento, ambos “echados” sobre un gran diván (que era mi cama) intentando algún jugueteo inocente, yo había advertido que ese espacio se expandía y se apreciaba un bulto realmente notable. Creo que él solía excitarse en esos momentos de divertimento, donde no faltaba algún chiste subido, algún comentario casual algo íntimo o alguna mano “afectuosa” que pasaba apenitas el límite sin que ninguno de los dos lo quisiéramos evitar ni hacer notar.
Entonces él comenzó a bajar sus manos y una de ellas se estacionó en mi entrepierna, acariciando la prenda que allí había en el sitio justo, impertinente, audaz, ansiosa. Rápidamente comprendió mi excitación, ya que mi bombacha estaba totalmente húmeda. No se quedó ahí, metió su mano dentro de mi prenda y fue directo a mi sexo a buscarlo con ansiedad y determinación. Sentí allí sus dedos y mi cuerpo dejó de responderme, vibrando y respirando dificultosamente. Pero mi escasa lucidez de ese momento me permitió una maniobra más audaz y como si fuera una experta le saqué su camisa y comencé a abrir su cinturón y el cierre de su pantalón, que más rápido de lo pensado se desplomó al piso..
Hernán subió sus manos y deslizó uno de los breteles de mi camisón, luego el otro y esa prenda cayó también al piso. No dejábamos de besarnos, con los rostros enrojecidos y acalorados, transpirando ya de tanto fervor. Ya mis pezones rosaban su pecho velludo y me produjeron un estremecimiento inusitado, que aumentó cuando él me estrujó contra su cuerpo apretando mis senos contra su pecho viril y hermoso. Nos apartamos un poquito y pude ver ese cuerpo inmenso, bronceado y atlético que sólo se cubría con un slip celeste que ya no podía contener a su miembro. Enfrente yo, con mi cuerpo menudo y mis rulos rubios y revueltos, y mis pechos pequeños, cada uno con su montículo bien notable en medio de esa pequeñez casi adolescente, con ese cuerpo que sabía que era bello, sólo protejido por una bombacha blanca que dejaba ver la húmeda elocuencia de mi excitación.
En un rapto de locura o de sensatez, habida cuenta del lugar al que habíamos llegado, lo miré, lo admiré sin ocultar mi deleite y mi asombro por ese cuerpo magnífico y ese sexo fenomenal que se escapaba del slip que resultaba harto insuficiente para contenerlo, y tomándolo de una mano lo conduje a mi habitación. La cama estaba deshecha todavía y algo revuelta. Me paré de espaldas a la cama y enfrente de él que me miraba incrédulo y ansioso, con su boca semiabierta para dejar que esa respiración agitada y entrecortada fluyera sin obstáculos. El acto siguiente fue todo un símbolo: me acerqué de espaldas a la cama y me dejé caer desde mi menguada altura. Hernán que me tomaba de los brazos, dejó que mi cuerpo se escurriera y me observó allí asombrado y ardiente. Se arrodilló frente a mí y sin más me empezó a sacar la bombacha, yo misma le facilité aquello con leves movimientos de mi cuerpo y de mis piernas algo encogidas. Se deshizo de esa prenda, apoyó sus manos en mis rodillas abriéndome las piernas y entró allí con su boca dispuesta a todo.
Cuando su lengua rozó los labios de mi vagina me estremecí totalmente, sentí una sensación tremenda de placer. Cuando sus dedos intrépidos abrieron mis labios y su lengua lamió mi clitoris, ya a esa altura increíblemente excitado y sensible, todo mi cuerpo, toda mi mente y toda mi alma fueron un suspiro inacabable, vibración plena, pulsión insoslayable de placer. Yo sentía que ese placer infinitamente intenso, ese placer absolutamente desconocido por mí hasta ese instante, ese placer sublime y potente, ese placer que llegaba desde lo más hondo de mi ser, estaba allí profundamente instalado que quería salir, quería parir un goce vital, impostergable. Mientras mi aliento ya desfallecía, mis ojos inyectados se cerraban y mi cuerpo se arqueaba y estiraba de placer, mientras mis gemidos ya gritos ocupaban todo el espacio de mi habitación, mientras sentía que mi respiración se paralizaba y mi cuerpo todo vibraba locamente, en ese instante que se prolongaba al infinito y que parecía iba a transportarme a la muerte, en ese instante, estallé en un goce inusitado, profundo, de una intensidad primitiva y brutal.
Nunca había sentido eso, jamás había imaginado siquiera que era posible experimentar un placer semejante, ni siquiera había soñado con algo parecido. Era tan evidente que las relaciones con mi marido eran apenas intentos que yo nunca había alcanzado con él un orgasmo. No lo sabía, claro, porque no sabía qué cosa era un orgasmo. Ahora lo había experimentado, así, en esa plenitud abismal, por primera vez. Y a esa altura no sabía todavía lo que iba a gozar en momentos.
Yo estaba agotada y agitada, había transpirado y mi cuerpo estaba goteado de sudor, de ese sudor que tiene una característica tan especial, el sudor del goce máximo. Hernán se incorporó y no demoró en subirse sobre mi cuerpo laxo y tembloroso aún. Me besó otra vez en la boca, sentí mi propio olor en la suya. Me excitó eso. Luego bajó y lamió mis pezones firmes, y erectos, sensibles y plenos. Volvió a incorporarse y me estaba acariciando arrodillado con ambas piernas a mis costados. Una sonrisa cálida y leve se apreciaba en un rostro enrojecido, enardecido por la excitación que él, no había calmado. Era notable que su miembro excedía a su slip, fuí por él y le bajé la prenda íntima. ¡Oh, qué sorpresa!!! La impresión que me causó ver ese miembro impresionante saltando de esa prenda, me conmovió. Mucho tiempo después de aquella mañana, el recuerdo de esa imagen me seguía impresionando. Al bajarle el slip, su miembro saltó de la prisión que éste le significaba y se mostró en su magnificencia plena. Era un miembro verdaderamente grande y grueso. Yo no tenía entonces mucha experiencia, salvo la de un novio frustrado que en la primera salida quiso que le hiciera una felación y sacó su miembro de entre sus ropas, mientras yo trataba de entender qué estaba pasando, huí de ese auto antes de que nada pasara. Ese miembro era de tamaño normal, según creo y era mucho más pequeño que el de Hernán. Y si comparo con el de Luis, el pobre pierde por escándalo. Sin embargo, yo creo lo que él siempre trató que crea, que su pene es de tamaño normal, seguramente es así.
Si así es, si el de Luis es normal, éste de Hernán es sencillamente anormal, por lo grande, grueso y duro, firme y potente apuntando hacia arriba. Con un glande generoso rosado y brillante y su cuerpo firme muy marcadas las venas que lo asisten. Una pieza magnífica, impresionante, inmensa. Verdaderamente conmovedor ese espectáculo, pero ahora él querría introducirlo en mí y eso no sería fácil ni cómodo. Cuando traté de asirlo, comprobé horrorizada que tomándolo con mis dos manos sólo cubría la mitad o menos de ese cuerpo brutal y que su grosor, duplicaba el de Luis. Quedé perpleja, pero Hernán volvió a ponerse sobre mí, abrazándome y besándome y lamiéndome todo mi cuerpo. Yo vibraba a cada lamida, a cada apretón, a cada caricia, a cada beso y mi excitación aumentaba segundo a segundo, aún cuando todavía no había logrado recuperar totalmente la respiración normal.
Hernán era tan sensual, tan activo, tan sensitivo, tan amable y cuidadoso, tan imprescindible que no opuse resistencia cuando sentí en mi vulva que la cabeza de ese pene extraordinario intentaba buscar asilo en mi guarida. No hubo brusquedad al principio, todo lo contrario. Él intentaba entrar suavemente, con la delicadeza que sólo un hombre como él podía brindarme. Mi vagina estaba totalmente mojada de mi propio flujo, de mis propios jugos y de la saliva que él había dejado. Su glande había mostrado esas gotas de miel que caracterizan a esa etapa de la excitación de un hombre. Todo daba para ir por más.
Yo me sentía tremendamente excitada, pero inconcientemente había una cuota grande de temor por el tamaño de su pene. Me excitaba todo, absolutamente todo: sus caricias, el olor de él y mío y de ambos, el clima de esa habitación, el recuerdo del orgasmo que acababa de tener, los besos, la sensación rara, especial, que me daba el sentir el cuerpo inmenso de ese hombre sobre el mío, tanto más menudo. La sensación de protección que él me brindaba, pero la sensación de estar atrapada, debajo de él. Su cuerpo de casi 2m y más de 90 Kg contrastaba con el mío de menos de 1.60 y 51 Kg. Lo que vendría podría relatarse como la más gloriosa relación sexual entre un hombre y una mujer, la más gozosa y ardiente, pero también podría leerse como la batalla desigual entre un hombrón y una muchachita mucho más pequeña en físico y en edad.
Si algo estaba muy claro era que, frente a mi escasa experiencia en estas cuestiones, frente a lo que era un desconocimiento absoluto, por no haberlo vivido jamás, de un goce pleno, de orgasmos repetidos, de placer infinito, sobre el sexo real, sobre mí había un hombre muy experimentado y sobretodo tremendamente hábil en estas lides. Esa certeza me excitaba por sí sóla. La expectativa de que con Hernán iba a gozar otra vez sin ningún límite me agitaba y me encendía. El temor inconciente me retenía, pero esa lucha iba a definirse pronto.
Creo que en consonancia con la actitud de Hernán, tan prudente, tan delicado, tan cuidadoso al no intentar aún la penetración, yo me relajé un poco y fui cediendo a mi propio deseo, a mi propia excitación. Él lo notó y al sentirme más relajada intentó penetrarme. A pesar de la suavidad con que lo hizo, era imposible que yo no reaccionara ante el intento. Mi cuerpo se crispó y aunque la respiración se agitaba más y vibraba por entero, el pene de Hernán no logró entrar. Yo estaba encendida a pleno, sentía un deseo infinito de ser poseída por ese hombre magnífico que me abrazaba, me besaba, me acariciaba pero no podía ingresar en mí. Noté que hizo un nuevo intento, y otro y uno más y la sola fricción de ese descomunal glande sobre mi vulva y mi clítoris me excitaba al máximo. Ya estaba muy agitada, ya empezaba a sentir el aliento que se cortaba, ya sentía el rubor inmenso en mi rostro, ya empezaba a transpirar y a moverme y a vibrar sin control.
Hernán presionó más, con la sabiduría de un experto y la delicadeza de un divino, logró traspasar esa puerta que se le ponía esquiva y ese miembro inmenso, ese pene brutal me penetró lenta, delicadamente. Mi cuerpo vibraba más, mil gemidos se apuraron en ese instante, una sensación inexplicable, nueva y fenomenal me invadió. Sentir dentro de mí ese cuerpo desmesurado para el tamaño de mi vagina fue una sensación realmente nueva y fuerte. Hernán siguió presionando, y llegó a lo profundo, en momentos en que yo ya no resistía tanta presión. Se amacó, ingresó y salió, ingresó y salió mientras me besaba, mientras me abrazaba, mientras sudaba y gemía y gozaba.
Todo eso fue creciendo. Mis sensaciones, mi goce, mi deseo ya incontrolado. Los movimientos de mi cuerpo casi aplastado por suyo, los gemidos, los gritos de placer doloroso a veces, los gritos de placer absoluto otras, los gemidos de Hernán que iba aumentando sus embestidas, su respiración ya muy agitada, su transpiración sobre la mía, esos dos cuerpos atrapados y abrazados, esa unión total, esa sensación y esa idea cabal de que esos dos cuerpos fueron uno sólo de momento, ese goce infinito, esa sensación de descarga total, ese deseo vital, esa conjunción sobrenatural de placer, de goce físico inimaginado con la sensación de apego a ese cuerpo, pero más que eso, esa unión a ese Hombre inmenso que me había hecho suya de la manera más amorosa que pueda existir, que me hizo suya en la plenitud infinita de ese término, esa conjunción de profundas sensaciones físicas y espirituales, dieron marco al estallido fantástico de nuestros cuerpos y nuestras almas, dieron paso a que él derramara dentro mío toda su vida en un borbotón impresionante de líquido que inundó mi cuerpo y yo exploté de placer…
No será fácil explicar todo lo que sentí y cuanto creo que él sintió. No podré jamás encontrar las palabras adecuadas para describir ese momento de plenitud absoluta. No conocía yo expresiones que pudieran representar, ni siquiera por aproximación, semejante placer, tremendo goce.
Nuestros cuerpos entrelazados, abrazados, apretados y pegoteados volvieron a la vida minutos más tarde. No sé cuanto tiempo pasó. Fue toda una vida porque yo había muerto y vuelto a vivir en un instante, en un orgasmo que jamás podré olvidar, que nunca había tenido hasta ese momento y que sólo Hernán habría de darme tantas otras veces después.
Una larga, profunda, dolorosa y dura charla que tuvimos un buen rato más tarde, apenas recobrada la vida, nos permitió comprender lo que había pasado. Entender lo que había ocurrido y que no tenía modo alguno de volver atrás. Pero esa es otra etapa y otro momento.
Posted in Relatos Eroticos | No Comments »